Solo el necio confunde valor con precio.
- La Empresa Ingrávida

- 20 oct
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Nos pasamos la vida persiguiendo el valor. Nos han enseñado a pensar en el valor como algo sólido, objetivo, casi físico; una cualidad que se inyecta en las cosas a través del esfuerzo y el sudor.
Y esa, precisamente, es una de las ideas más catastróficamente erróneas de la historia del pensamiento económico. Es la raíz de falacias que, como una mala hierba, han ahogado la comprensión de cómo funciona el mundo. La más persistente de todas es la confusión entre valor y precio. Son dos conceptos radicalmente distintos, y solo cuando entendemos su diferencia, la economía deja de ser un dogma pesado y se convierte en lo que realmente es: un estudio de seres humanos que eligen y actúan.
La pesada herencia de la “tarta de barro”
Durante más de un siglo, una idea seductora pero equivocada ha pesado sobre nosotros: la teoría del valor-trabajo, pilar central del marxismo. Su postulado es simple: el valor de un bien está determinado por el tiempo de trabajo necesario para producirlo. Suena hasta poético, ¿verdad? El esfuerzo humano como fuente de todo valor.
Pero esta teoría se desmorona ante la más elemental confrontación con la realidad. Imagina que dedico 500 horas de trabajo hercúleo a crear una magnífica "tarta de barro". Según la teoría del valor-trabajo, debería tener un valor inmenso. Ahora, salgo a la calle e intento venderla. ¿El precio? Cero. Nadie la quiere. No satisface ninguna necesidad. El trabajo invertido es completamente irrelevante si el producto final no es deseado por nadie.
Este lastre conceptual ignora por completo la demanda, es incapaz de explicar el valor de un Picasso, de un solar en el centro de Madrid o de un diamante encontrado por casualidad. Fija el valor en el pasado, en los costes, ignorando que la vida económica mira siempre al futuro: a la utilidad que los consumidores esperan obtener.
El despegue hacia la ingravidez: el valor es subjetivo
La solución a este embrollo llegó con una de las revoluciones intelectuales más profundas de la economía: la Revolución Marginalista. Su descubrimiento, abanderado por economistas como Carl Menger, puede resumirse en una frase que lo cambia todo: el valor no reside en los objetos. El valor reside en la mente de los individuos. El valor es subjetivo.
Esta idea es un cambio de paradigma total. Mueve el foco desde el productor y sus costes (la visión del pasado) hacia el consumidor y sus necesidades (la visión del futuro). El valor deja de ser una propiedad física "inyectada" en los bienes y se convierte en algo ingrávido: una relación entre un bien y una necesidad humana en un contexto específico.
El ejemplo clásico es la paradoja del agua y los diamantes que desconcertó a Adam Smith. ¿Por qué el agua, esencial para la vida, es tan barata, mientras que un diamante, un adorno superfluo, cuesta una fortuna? El error era comparar "toda el agua" con "todos los diamantes". Los seres humanos no elegimos así. Actuamos en el margen. El valor de un bien depende de la satisfacción que nos da la última unidad disponible. Como el agua es abundante, la última unidad la usamos para fines de poca importancia, como fregar el suelo por segunda vez. Su valor marginal es bajo, y su precio también. Como los diamantes son escasos, la primera unidad se destina a un fin de altísima importancia subjetiva, como sellar un compromiso matrimonial. Su valor marginal es altísimo, y su precio también.
La paradoja se disuelve. El valor no es objetivo ni universal. Es situacional, personal, subjetivo.
Entonces, ¿qué es el precio?
Si el valor es una preferencia personal, ¿qué es el precio? El precio no es más que el punto de encuentro de las valoraciones subjetivas de compradores y vendedores en un intercambio voluntario.
Y aquí reside la magia. Si yo tengo una manzana y tú una naranja, y yo valoro más tu naranja que mi manzana, y tú valoras más mi manzana que tu naranja, el intercambio nos beneficia a ambos. Te doy mi manzana, me das tu naranja. No se ha producido nada nuevo, pero se ha creado valor de la nada. Los dos hemos salido ganando; somos más "ricos" en satisfacción que antes.
Lejos de ser un juego de suma cero o de explotación, el comercio voluntario es el acto de cooperación más poderoso que la humanidad ha descubierto. El precio es simplemente la tasa de cambio que permite que esta magia ocurra.
Tu salario no es tu valor, es un precio.
Esta distinción es crucial para entender la relación más importante de nuestra vida profesional: nuestro salario. La narrativa de la explotación se basa en confundir el valor que generas con el precio que cobras.
Desde la perspectiva de una empresa, tu verdadero valor es tu capacidad de contribuir a generar ingresos. Esto se conoce como el Producto de Ingreso Marginal (PIM): el ingreso extra que la empresa genera gracias a tu contratación. Ese PIM, que depende directamente de la valoración subjetiva de los clientes, es el techo de lo que una empresa estará dispuesta a pagarte.
Tu salario, sin embargo, es un precio pactado. Un precio que, para que el acuerdo exista, debe estar por encima de tu coste de oportunidad (el suelo) y por debajo de tu PIM (el techo).
"¡Ajá!", grita el necio. "Si mi PIM es de 30 € la hora y mi salario es de 20 €, ¡me están robando 10 €!". Falso. Esa diferencia no es un robo; es el pago que haces por dos servicios increíblemente valiosos que te presta el empresario, dos servicios que te liberan del "peso" del mercado:
El puente en el tiempo: El empresario te paga un sueldo fijo a fin de mes, adelantándote un dinero por un valor que él quizás no vea realizado hasta mucho después.
El paraguas contra la incertidumbre: Tú cobras tus 20 €/hora llueva o truene. Si la economía entra en recesión o los clientes desaparecen, tu salario está garantizado por contrato. Quien asume toda esa pérdida es el empresario. Al aceptar un salario fijo, estás contratando un seguro contra el riesgo empresarial.
En la Empresa Ingrávida del siglo XXI, donde el valor es cada vez más intangible, comprender esta diferencia es la clave. El valor no está en el sudor ni en las horas, sino en la capacidad de anticipar y satisfacer las necesidades de un rey soberano: el consumidor. El precio, ya sea de un producto o de tu trabajo, es el maravilloso mecanismo que nos permite a todos cooperar para beneficio mutuo en esa búsqueda.
No seas el necio que sigue arrastrando las pesadas cadenas del valor-trabajo. Empieza a pensar en la ingravidez de la valoración subjetiva. El universo de la creación de riqueza se abrirá ante tus ojos.








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